CARLOS MONZÓN: MI ÍDOLO
765
post-template-default,single,single-post,postid-765,single-format-standard,bridge-core-2.3.6,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-22.2,qode-theme-bridge,disabled_footer_top,qode_header_in_grid,wpb-js-composer js-comp-ver-6.2.0,vc_responsive

CARLOS MONZÓN: MI ÍDOLO

“No se puede vivir sin héroes, santos ni mártires”.  Ernesto Sábato.

La adolescencia es una etapa de la vida entre los 13 y 15 años, durante la cual los seres humanos experimentamos cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales.  Empieza con la pubertad y finaliza cuando los cambios se estabilizan alrededor de los 19 años.

Según estudios de la psicología del desarrollo, elaborados por el psicólogo Erik Erikson, la tarea central de este período es:   “la búsqueda de la identidad.  Dicha identidad (el ¿quién soy yo?, un sentido coherente y estable de quién se es, que no cambia significativamente de una situación a otra).   Hace a la persona diferente tanto en su familia, como de sus padres y del resto de los seres humanos.  El logro de una identidad personal hacia fines de la adolescencia y comienzos de la adultez involucra varios aspectos:   la aceptación del propio cuerpo, el conocimiento objetivo y la aceptación de la propia personalidad, la identidad sexual, la identidad vocacional, y que el joven defina una ideología personal (filosofía de vida), que incluya valores propios (identidad moral)”.

En 1973, a la edad de 13 años llegué por primera vez al gimnasio de Lucha Olímpica, que entonces estaba dentro del Palacio de los Deportes, junto con el de Boxeo.   Recuerdo que para mi fue “amor a primera vista”.  Desde ese día, sin poder imaginarlo, quedé “enganchado” a una actividad que me acompañaría el resto de mi vida; sin embargo, a falta de ídolos o héroes deportivos nacionales, hubo un personaje que me cautivó.  Como en aquellos años no existían las redes sociales, nuestro contacto se dio a través de las páginas de una famosa revista argentina de deportes, llamada “El Gráfico”, la cual se vendía en Guatemala.   Era una publicación a todo color, en formato tabloide, muy bien diagramada y con muchas fotos.

En efecto, un día al salir de clases, llegué a una venta de periódicos, revistas y diversas publicaciones de la época. Me impactó una portada con la foto de un boxeador en plena faena de entrenamiento.   El personaje era el campeón mundial argentino Carlos Monzón.  El artículo principal era un amplio reportaje de varias páginas, en las cuales estaban diversas imágenes del campeón:  Descansando en la playa en Mar del Plata, filmando en Europa escenas de una película, elegantemente vestido en Mónaco rodeado de bellas vedets, manejando un lujoso carro deportivo y, obviamente varias tomas entrenando y de su último combate.

A partir de entonces, en mi curiosidad de adolescente, me interesé por conocer más de la vida de Monzón.   Supe que había nacido el 7 de agosto de 1942, en el seno de una familia muy humilde, por lo cual no pudo finalizar la escuela primaria.  Desde niño trabajó lustrando zapatos en las calles, vendiendo periódicos y refrescos.   Por una casualidad de la vida, llegó al club de fútbol “Unión”, donde también se enseñaba boxeo y fue allí donde se inició pues, en su mente siempre tuvo la idea de superar la pobreza.

Tuvo una fugaz época como amateur (1959-1962).  El 6 de febrero de 1963 hizo su debut como profesional.  Aunque al principio sufrió algunas derrotas, a partir de 1965 empiezan los triunfos.  Primero como campeón de su Provincia, luego campeón nacional.  En 1970 gana el campeonato sudamericano de peso medio, lo cual le abre las puertas para disputar el cetro mundial que por entonces ostentaba el italiano Nino Benvenuti.  La pelea se realizó en Roma y Monzón lo noqueó en el duodécimo asalto, convirtiéndose en el nuevo campeón mundial de peso medio.   A partir de entonces hizo 14 defensas contra los mejores boxeadores de la época, ganándolas todas hasta su retiro en 1977, finalizando su carrera con 100 combates de los que solo perdió 3, los cuales fueron por decisión y posteriormente les ganó en la revancha.  En 1980 recibió el premio Konex de Platino como el mejor boxeador de la historia en Argentina.

Como sucede con la mayoría de celebridades, Monzón no pudo con el peso de la fama.  Todo lo ganado a través del deporte, lo perdió por su desafortunada vida personal.  Tuvo 5 hijos y varias esposas.   La tragedia llegó en el año 1981, cuando luego de volver de una fiesta, en estado de ebriedad, discutió con su pareja, producto de lo cual la golpeó y lanzó desde el balcón de su apartamento.  Fue juzgado y condenado a 11 años de prisión por homicidio simple.

En el año 1995 se celebraron los Juegos Panamericanos en Mar de Plata, Argentina.  Para entonces me desempeñaba como presidente de la Confederación Deportiva Autónoma de Guatemala, por lo que me hice la promesa de aprovechar el viaje para visitar a Carlos Monzón en la cárcel donde guardaba prisión.   Como ya se encontraba en la etapa final de su condena, gozaba de salidas restringidas para trabajar.  El 8 de enero de 1995, cuando retornaba al penal, perdió la vida en un fatal accidente automovilístico.

Cuando supe la noticia lloré en silencio.   Como agua entre las manos perdía la oportunidad de saludar y conversar con quién fuera el ídolo de mi adolescencia pero, lo más importante, quien  se convirtió en mi referente personal.  El hombre que con sus puños más que al rival, le pegó a la vida y la noqueó.  El personaje que de no tener nada, gracias a su talento y dedicación, a través del deporte se convirtió en toda una celebridad mundial.  Monzón me enseñó a soñar, a creer en mí y a pensar que sí se puede, aunque no haya nacido en cuna de oro.  ¡Gracias campeón!

Compartir:
No hay Comentarios

Deja un Comentario